Pocas ironías tan grandes en la historia de la literatura como la de aquellos escritores que murieron sin saber que sus libros algún día serían celebrados en todo el mundo. Hay quienes creen que el talento siempre encuentra su lugar en el mundo, pero el caso de muchos autores demuestra que no es una ley escrita. Algunos vivieron ignorados, otros murieron con la etiqueta de “raros” o simplemente nunca pensaron que la posteridad tendría tan buen ojo como para encumbrar su nombre.
Franz Kafka es probablemente el ejemplo más citado. El escritor checo publicó en vida algunos relatos y un par de novelas incompletas, pero el público y la crítica de su tiempo apenas le prestaron atención. Kafka, tímido y autocrítico, incluso pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos tras su muerte. Brod, desobediente y visionario, no solo conservó las obras sino que las publicó. Así, el mundo descubrió El proceso, El castillo y otros textos que hoy son pilares del siglo XX. Si Kafka hubiera tenido la mala suerte de contar con un amigo cumplidor, el existencialismo kafkiano nunca habría existido, ni siquiera como palabra.
Algo parecido le ocurrió a Emily Dickinson. Esta poeta estadounidense escribió cerca de 1800 poemas, de los cuales solo una docena se publicaron mientras vivía. Para colmo, lo que se publicaba eran versiones alteradas para adaptarlas al gusto de la época. Dickinson difícilmente habría imaginado que, tras su muerte, se la reconocería como una de las grandes voces de la poesía universal. Su estilo, marcado por un uso poco ortodoxo de la puntuación y una mirada aguda sobre la muerte y la naturaleza, encontró en el siglo XX un terreno fértil para el reconocimiento.
En el terreno de la narrativa, pocos destinos tan trágicos —en términos literarios— como el de John Keats. Este poeta inglés murió a los 25 años, convencido de que sus poemas no valían nada y que el mundo lo olvidaría. La crítica de su tiempo lo atacó con particular crueldad, y Keats, que además sufría de tuberculosis, nunca llegó a saborear el respeto que hoy despierta su obra. Irónicamente, la lápida de su tumba en Roma reza: «Aquí yace alguien cuyo nombre escribió el agua». Hoy, colegios y universidades estudian a Keats, y su poesía romántica sigue influyendo en generaciones posteriores.
No podemos olvidarnos de Jane Austen. Aunque durante su vida publicó algunas novelas con una tibia acogida, lo cierto es que la dimensión de su éxito se consolidó mucho después. Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad o Emma salieron a la luz de forma anónima o bajo pseudónimo, y la crítica solo empezó a reconocer su valor muchos años después de su muerte. Por cierto, dedicamos un episodio en Totus Pódcast a un caso similar: La conjura de los necios. John Kennedy Toole también obtuvo la gloria literaria años después de fallecer. Aunque preferimos no entrar hoy en esos detalles por los motivos que ya muchos conocen.
A la lista podemos sumar a autores como Henry David Thoreau, quien publicó Walden sin mayor éxito comercial. Hoy se le considera una figura clave del pensamiento norteamericano, tanto en literatura como en filosofía. O a Herman Melville, que escribió Moby Dick, novela que fue un fracaso en su tiempo y que empezó a valorarse a comienzos del siglo XX. Melville murió pobre y olvidado, sin sospechar que algún día sería canon literario.
Esta larga serie de ejemplos revela un patrón: el gusto del público, los tiempos históricos o las modas editoriales son factores caprichosos que pueden relegar una obra al olvido o encumbrarla sin que el autor lo sepa jamás.
Al final, la posteridad es una amante cruel que solo se entrega cuando ya no puedes presumirla. Puede que el autor se desvele corrigiendo cada frase, que reniegue de la mediocridad propia o que su entorno lo trate de lunático. Da igual. Quizá un lector futuro encuentre sentido donde nadie más quiso buscar. Y entonces, la gloria será póstuma y, por lo tanto, inútil para quien escribió.
Pero si algo nos enseñan estos casos es que tomarse en serio la posteridad es como dejarle propina al camarero que aún no ha nacido. Lo importante, ya puestos, es escribir como si nadie fuera a leerte… y editar por si acaso.







