El juicio a Pierre Bonaparte no fue solo un escándalo político: fue también un síntoma del tipo de justicia que podía comprarse con apellido, con pistola o con ambos. El nombre de Pierre Bonaparte no figura en los libros de historia con mayúsculas, pero su apellido —ese Bonaparte que aún resuena como eco de imperios— le otorgó una visibilidad que superó con creces sus méritos. Era primo del emperador Napoleón III, sobrino de Napoleón I, e hijo de Luciano Bonaparte, el hermano rebelde del célebre corso.
Nacido en Roma en 1815, Pierre se crió en un entorno marcado por el exilio y los vaivenes del linaje familiar. Su carácter, descrito por contemporáneos como pendenciero, impulsivo y de trato difícil, lo mantuvo durante años en la sombra de una familia que solo lo toleraba por vínculos de sangre. No heredó ni el genio militar de su tío ni el sentido político de su primo. Heredó, más bien, el orgullo. Y con eso le bastaba.
El caso que lo haría tristemente célebre ocurrió en 1870, en los días previos al colapso del Segundo Imperio francés. Con un ambiente político enrarecido, polarizado entre monárquicos y republicanos, los periódicos eran trincheras, y los periodistas, combatientes. El caso es que Pierre Bonaparte se sintió ofendido por los artículos del rotativo republicano La Marseillaise, dirigido por Henri Rochefort. En lugar de limitarse a escribir una carta al director, hizo lo que cualquier noble indignado con exceso de testosterona haría: se armó.
Henri Rochefort envió a dos redactores, Victor Noir y Ulrich de Fonvielle, como emisarios para aclarar la disputa. Lo que debía ser una visita de cortesía acabó con Noir muerto de un disparo en la entrada de la casa del príncipe, en Auteuil. Noir, de tan solo 22 años, cayó con la chaqueta abrochada y una agenda en el bolsillo. Algunos testigos declararon que Pierre lo había golpeado y luego le disparó. Otros, más cercanos al acusado, aseguraron que todo había sido un accidente. Como sea, el príncipe no huyó: se entregó, convencido de que nada podía salir mal. Y tenía razón.
El juicio se celebró en Tours, lejos de París, para evitar disturbios. Fue un proceso rodeado de tensiones políticas, movilizaciones populares y un clima de indignación creciente. A pesar de las pruebas, de los testimonios y de la muerte irreparable del joven periodista, Pierre Bonaparte terminó absuelto. No hubo cárcel. No hubo castigo. Hubo sí, una mueca amarga en buena parte del pueblo francés, que ya sospechaba que la ley tenía apellidos y el asesinato también.
En Totus Pódcast dedicamos un programa especial titulado La picha de Victor Noir, que ilustramos con una imagen de su tumba. La escultura funeraria del periodista, obra de Jules Dalou, representa el cadáver con notable realismo… excepto por un detalle llamativo: el abultamiento en la entrepierna. Con el tiempo, surgió una leyenda según la cual frotar esa zona traía fertilidad, amor o suerte. La escultura ha sido pulida con devoción por miles de manos. Así, mientras la reputación de Bonaparte se diluía, la figura de Noir cobraba nueva vida… de una manera inesperadamente viral.
Volviendo al juicio, la absolución de Pierre Bonaparte no logró aplacar el enfado social. De hecho, contribuyó a debilitar aún más el régimen de Napoleón III, que pocos meses después caería ante la invasión prusiana y las revueltas internas. El Segundo Imperio francés terminó con estrépito, y aunque Pierre no tuvo un papel directo en esa debacle, su acto fue una gota más en el vaso colmado del descontento popular. Exiliado de facto, se retiró de la vida pública y murió en Versalles en 1881, sin gloria, sin condena y con la conciencia, dicen, intacta.
Hoy su historia se recuerda más por contraste que por mérito: un joven periodista convertido en símbolo involuntario y un príncipe venido a menos, protegido por sus conexiones. El caso Noir-Bonaparte es una radiografía de las estructuras de poder del siglo XIX, un recordatorio de cómo la justicia puede ser tan moldeable como la historia.







