Los conciertos de música en el siglo XVIII no eran lo que hoy entendemos por un espectáculo en vivo. Para empezar, no había pulseras luminosas, ni móviles en alto, ni nadie gritaba «¡otra, otra!». La experiencia musical estaba impregnada de ritual, de jerarquía social y de un concepto muy distinto del tiempo y del espacio sonoro. Los conciertos de música en el siglo XVIII eran eventos cuidadosamente orquestados (nunca mejor dicho), pero no por ello más previsibles o estáticos.
En el episodio de Totus Pódcast titulado «Syntagma musicum», hablamos brevemente de la obra homónima de Praetorius, publicada un siglo antes, que ya dejaba entrever algunos de los usos y costumbres musicales que sobrevivirían hasta bien entrado el XVIII. Pero hoy vamos más allá de ese tratado. Porque si algo caracteriza al siglo de Haydn, Mozart y Gluck es que la música no paraba. Se tocaba en palacios, teatros, iglesias, jardines, salones privados… aunque no todo el mundo tenía acceso.
La experiencia musical: del salón al teatro
Al principio, los conciertos no eran públicos. Eran cosas de la nobleza y de los mecenas. Las familias adineradas contrataban músicos —a veces de por vida, como si fueran electrodomésticos con violín— para amenizar cenas, bodas o actos religiosos. No existía una “industria del directo” como tal. La música en vivo formaba parte del día a día de las élites, no del ocio colectivo.
Fue a mediados del XVIII cuando comenzó a popularizarse el concierto público, con entradas a la venta y horarios fijos. En ciudades como Londres, Viena o París surgieron sociedades musicales que organizaban funciones para el burgués ilustrado. La venta de entradas no seguía el modelo actual de plataformas online ni se repartían en tiendas físicas. Generalmente, se reservaban por carta o se adquirían en la entrada, con precios que variaban según la ubicación (¿te suena?). La platea era para las clases altas, y el gallinero para quien tuviera pulmones fuertes.
¿Pruebas de sonido? Ni hablar
En los conciertos de música en el siglo XVIII, la idea de una prueba de sonido como la conocemos hoy era simplemente inexistente. Primero, porque los espacios estaban pensados acústicamente para la música en vivo: salones con techos altos, maderas nobles y superficies reflectantes. Segundo, porque no había amplificación. Nada de micrófonos, monitores ni técnicos con walkie-talkies corriendo de un lado a otro. El músico se colocaba donde se debía colocar y, si no se le oía, era su problema… o el del constructor del violín.
No obstante, algunos compositores, especialmente en sus últimos años, empezaron a jugar con la arquitectura sonora del espacio. Se prestaba atención a la colocación de los instrumentos, sobre todo en las orquestas más grandes. Pero todo era por intuición y oído entrenado. No se hacían ensayos para probar el equilibrio de frecuencias; se hacían ensayos para que la orquesta no se desmoronara.
El personal del espectáculo
Nada de técnicos de luces ni mesas de mezclas. En los conciertos de música en el siglo XVIII, el equipo habitual constaba del compositor (a menudo también director), los músicos y, si el evento era especialmente fastuoso, algún cantante solista o coro. El director no usaba batuta: desde el clavicémbalo, marcaba los tempos y entradas como podía. A veces incluso dirigía golpeando el suelo con un bastón, costumbre que terminó cuando a Lully se le clavó en el pie y murió por la infección. Cero postureo, máxima consecuencia.
Los instrumentistas eran profesionales, aunque mal pagados en comparación con los solistas o los compositores de renombre. Eso sí, tenían que vestir bien. Nada de camisetas negras como ahora. El decoro era parte de la música. Y el público también cumplía su rol: no estaba callado. Charlaban, comían, aplaudían a destiempo y hasta se marchaban antes de que acabara la obra si el carruaje esperaba. El silencio reverencial es un invento del siglo XIX.
Comparación con los conciertos actuales
Hoy día, asistir a un concierto es una experiencia de masas. Se compran entradas en minutos, se hace cola durante horas y se espera una calidad de sonido impecable. Hay diseñadores de luces, técnicos de sonido, producción ejecutiva, catering, seguridad… Toda una maquinaria para que el artista salga al escenario y pueda concentrarse solo en tocar. En el siglo XVIII, el artista era parte de esa maquinaria.
Las salas modernas se construyen con cálculos acústicos milimétricos. Pero en muchas ocasiones, el encanto acústico de una iglesia barroca sigue siendo insuperable. A cambio, no hay barras con cerveza ni merchandising. O lo uno o lo otro.
Y por supuesto, está el tema del repertorio. Antes, la música de concierto era música contemporánea. Ibas a escuchar lo nuevo de Haydn. Ahora, en muchos conciertos de clásica, escuchamos lo viejo de Beethoven. Curiosamente, los músicos de entonces improvisaban más, eran más libres. Hoy, seguimos las partituras con devoción casi religiosa. ¿Tradición o esnobismo? Quizá un poco de ambas.
Para quién era la música
Aunque se ha romantizado mucho la figura del pueblo oyente, lo cierto es que los conciertos de música en el siglo XVIII estaban pensados para una élite. La democratización musical llegaría mucho más tarde, con la educación pública y los medios de grabación. Por eso resulta algo irónico que muchos amantes de la música clásica actual se quejen de que el público de hoy “no entiende” o “no respeta” el concierto. Los del XVIII tampoco eran precisamente devotos.
Quizá todo esto demuestra que la música, como la moda o la arquitectura, también tiene sus épocas de peluca. Lo que hoy nos parece caótico, antes era costumbre. Lo que hoy llamamos tradición, ayer fue innovación. Así que la próxima vez que alguien te mire mal por toser en un concierto, recuérdale que en 1750 alguien abrió un melón mientras sonaba un allegro de Vivaldi.







