¿Puede una raíz subterránea cambiar el rumbo de la historia? La respuesta, por más absurda que parezca, es sí. La historia de la patata está llena de giros inesperados, conquistas, hambrunas y redenciones. Este tubérculo humilde no solo salvó a millones de europeos del hambre, sino que además acabó por ocupar el lugar de honor en los menús del mundo entero. Y todo esto sin necesidad de salir en redes ni hacerse un canal de cocina.
El origen de la patata se remonta a los altiplanos de América del Sur. En concreto, a la región de los Andes, donde pueblos como los quechuas y los aymaras la domesticaron hace miles de años. Lo de cultivar raíces no era exactamente glamuroso, pero sí eficaz. La patata crecía donde el maíz no podía, resistía climas duros y alimentaba sin complicaciones. En forma de chuño (una especie de patata deshidratada al sol), podía conservarse durante años. Nada mal para un vegetal al que más de uno mira por encima del hombro.
Todo cambió con la llegada de los europeos al continente americano. Bueno, en realidad cambió para los europeos. Los habitantes originarios ya sabían lo que valía el tubérculo. Fue en el siglo XVI cuando los conquistadores españoles, entre oro, plata y enfermedades, metieron unas cuantas patatas en sus barcos y las llevaron a Europa. Al principio, eso sí, nadie sabía muy bien qué hacer con ellas.
Durante siglos, la patata tuvo que ganarse el respeto del Viejo Mundo. Se le atribuían propiedades extrañas, incluso malignas. Algunos decían que causaba lepra o infertilidad. Otros la despreciaban por crecer bajo tierra, lejos del alcance del sol, como si eso implicara una especie de pecado vegetal. Por suerte, el hambre no suele atender a prejuicios. Poco a poco, fue abriéndose paso en las mesas europeas. Y no precisamente por su sabor o versatilidad, sino por pura necesidad.
Uno de los grandes impulsores de la patata en Europa fue el farmacéutico y agrónomo francés Antoine-Augustin Parmentier. A mediados del siglo XVIII, este hombre vio en el tubérculo una herramienta para combatir la desnutrición y se propuso promocionarla a toda costa. Organizó banquetes con platos a base de patata para la élite francesa e incluso regaló flores de patata a la reina María Antonieta, con la intención de ponerla de moda. Spoiler: la patata sobrevivió a la Revolución, la reina no.
En Irlanda, sin embargo, la patata se convirtió en el único sustento de gran parte de la población rural. Su cultivo fácil y nutritivo fue un alivio, hasta que no lo fue. La llamada Gran Hambruna Irlandesa (1845-1852) ocurrió cuando un hongo arrasó las cosechas de patata y dejó al país sin apenas nada que llevarse a la boca. Un millón de personas murieron y otro millón emigró, en gran parte a Estados Unidos. Así, el tubérculo que un día fue salvación acabó convertido en símbolo de tragedia.
Por otro lado, la expansión global de la patata tuvo efectos más amplios que una simple moda agrícola. En Asia, fue adoptada por varias culturas, aunque sin el entusiasmo europeo. Allá por África, pasó a formar parte de las economías locales. En América del Norte, se convirtió en parte esencial de las nuevas cocinas nacionales, desde el puré hasta las patatas fritas de bolsa. Y no olvidemos las infinitas formas que adopta: hervida, frita, al horno, en tortilla, como guarnición, de plato principal o incluso como vodka.
Por cierto, aunque en este texto no vamos a hablar de religión ni de mitos medievales, tenemos un episodio de Totus Pódcast que se titula “Papa sin huevos”, en el que contamos la rocambolesca leyenda de la Papisa Juana. No tiene absolutamente nada que ver con la historia de la patata, pero nos apetecía mencionarlo, por lo de la confusión lingüística entre papa y patata. Lo dicho, sin huevos, pero con algo de ironía.
Volviendo al tubérculo, hoy la patata no solo está aceptada: está omnipresente. Francia la ha convertido en arte con su gratin dauphinois; Perú la celebra con más de tres mil variedades autóctonas; Bélgica la defiende como inventora de la fritura universal; y en España no falta en ninguna barra de bar con la excusa de una tortilla mal o bien cuajada, según gustos y polémicas.
En definitiva, la patata ha recorrido un largo camino desde los Andes hasta nuestras mesas. Ha sido temida, ignorada, adorada, explotada, industrializada y reinventada. Ha alimentado ejércitos, ha inspirado a cocineros, ha sido usada en guerras, economías rurales y experimentos de laboratorio. La NASA, de hecho, lleva décadas considerando su cultivo en Marte. Como quien dice, la patata va camino de conquistar el universo.
Y si algo podemos aprender de este tubérculo testarudo es que no hay que parecer glamuroso para ser imprescindible. Puede que no tenga la prestancia del aguacate o el aura mitológica del trigo, pero ha estado donde se la ha necesitado, sin pedir protagonismo, ni hashtags.







