A veces, la historia de la música no se escribe solo con notas, sino con metales. La evolución del metal en la música es un relato que va del latón al acero, pasando por las aleaciones que han forjado el sonido de las orquestas, las bandas militares y el rock más estridente. Un trayecto que mezcla artesanía, ciencia y, por supuesto, mucho ruido.
Todo comenzó con el latón, una mezcla de cobre y zinc que ya en la antigüedad se usaba para fabricar objetos decorativos, monedas o herramientas. Pero no fue hasta el auge de las civilizaciones mediterráneas cuando el latón empezó a sonar. Los romanos, por ejemplo, tocaban el cornu, una especie de tuba gigante hecha de latón, en desfiles y batallas. El metal ofrecía la resistencia y la maleabilidad necesarias para moldear formas curvas, esenciales en los instrumentos de viento-metal.
Sin embargo, el latón no solo era una cuestión de estética o resistencia. Su color dorado también aportaba un valor simbólico, especialmente en la música sacra o en las ceremonias militares. Pero sobre todo, el latón vibraba bien: su composición permitía una resonancia potente y cálida, ideal para los cuernos, trompetas y trombones que empezaron a poblar las formaciones musicales de la Edad Media y el Renacimiento.
Llegados a la Revolución Industrial, la metalurgia experimentó un salto espectacular. El acero, más resistente y versátil que el latón, empezó a introducirse tímidamente en la construcción de instrumentos. Al principio no desplazó al latón, pero su potencial era evidente. El acero inoxidable, por ejemplo, resistía mejor la corrosión provocada por la saliva en los instrumentos de viento, algo que cualquier músico agradece tras horas de ensayo.
Mientras tanto, surgían innovaciones como el saxofón, cuyo cuerpo tradicionalmente es de latón pero con la mecánica más afinada gracias a técnicas modernas. Este instrumento fue protagonista en uno de nuestros programas de Totus Pódcast, titulado “Instrumentos que nos gustan: el saxofón”, donde entrevistamos a Pablo Tornero Pastor. Nos explicó con detalle no solo los orígenes del saxofón, sino también cómo su fabricación evolucionó desde las primeras piezas rudimentarias hasta los sofisticados modelos actuales, muchos de los cuales combinan distintos metales y acabados.
El siglo XX consolidó la presencia del acero en la música. Si el latón dominaba el mundo clásico y jazzístico, el acero se adueñó de otros sonidos, especialmente en la percusión. Pensemos en el steelpan, el tambor metálico originario de Trinidad y Tobago, que transforma bidones de acero en un instrumento melódico lleno de matices. Una auténtica revancha del metal reciclado.
Pero sería el rock quien llevaría el acero a un nuevo nivel. No en la fabricación de instrumentos de viento, claro, sino en las guitarras eléctricas, donde las cuerdas de acero son imprescindibles. El acero permitió que las cuerdas resistieran la tensión y el desgaste de los acordes más agresivos. De ahí que sin acero no tendríamos los riffs inmortales de Led Zeppelin, AC/DC o Metallica.
Además, el acero revolucionó la fabricación de púas, trastes, e incluso cuerpos de guitarras en algunos modelos experimentales. Su durabilidad y firmeza dieron pie a técnicas como el bending, el slide o el tapping. Y si ampliamos el foco, también está presente en los kits de batería, donde los cascos de acero ofrecen un sonido más brillante y penetrante que la madera.
La evolución del metal en la música no es solo una historia de materiales, sino de cómo la humanidad ha moldeado la materia para extraerle sonidos. Cada aleación cuenta una etapa de nuestra relación con la música: del dorado latón que evoca la pompa y el esplendor, al inoxidable acero que resiste, vibra y corta como una cuchilla sonora. Un proceso que también refleja los avances tecnológicos y el cruce entre ciencia y arte.
Y como todo en la historia, el contexto importa. El auge del acero coincide con la modernidad, la industria y la electricidad. No es casual que los instrumentos de cuerda o de percusión hayan abrazado el acero en paralelo al desarrollo del amplificador y la música amplificada. Es el metal del siglo XX, frío y brillante, que sin embargo puede emitir las melodías más cálidas o los estruendos más caóticos.
Eso sí, si algún día tienes la oportunidad de soplar en un cuerno de latón o hacer vibrar una cuerda de acero, piensa que estás participando en una tradición milenaria que va más allá de estilos y modas. Desde las legiones romanas al heavy metal, del salón de baile al estadio lleno, todo gracias a una sencilla pregunta que alguien debió hacerse hace siglos: ¿y si este pedazo de metal pudiera cantar?







