Las ropas papales han sido, durante siglos, una muestra visible del poder terrenal de quien dice representar al Hijo del Carpintero. Esta contradicción entre modestia evangélica y boato eclesiástico alcanza niveles dignos de desfile cuando se examinan las prendas que han vestido los pontífices a lo largo de la historia. Desde los zapatos rojos hasta la tiara con tres coronas, el guardarropa del papa no solo abruma por su simbolismo, sino también por su precio y oropel.
El vestuario del representante de Cristo
No es raro que el papa vista de blanco. Desde el pontificado de Pío V (siglo XVI), dominico de hábito blanco, esta tonalidad quedó asociada con la figura del pontífice. Antes, el color de las vestiduras papales no era tan uniforme. El rojo —símbolo del martirio y del poder— fue muy común, especialmente en capas, capelos y zapatos. Hoy en día, esa simbólica tonalidad permanece en accesorios como la muceta (una especie de esclavina) y, hasta hace poco, en los zapatos papales, famosos por ser rojos como una cereza bien madura.
Uno podría pensar que un papa se calza unas alpargatas y se cubre con una simple túnica. Pero no. La lista de vestiduras papales es más larga que el Credo. Tenemos, entre otras, la simar (una sotana con botones), la rocheta (una especie de blusa litúrgica con encajes), el fanón (pieza que cubre los hombros), la mitra (sombrero bicorne que se ha estilizado con los siglos), el anillo del Pescador, el pallium (una estola circular de lana blanca) y la ya mencionada muceta. Cada prenda tiene su ocasión, su rito, su tejido sagrado y su bordado de oro, hilo de seda o, en algunos casos, perlas.
Para la coronación papal —ya en desuso desde Juan Pablo I— existía una joya cumbre: la tiara. No es una, sino tres coronas superpuestas, símbolo de la triple autoridad del papa: padre de reyes, rector del mundo y vicario de Cristo. La tiara era pesada, literalmente. Algunas llegaron a pesar más de ocho kilos y estaban incrustadas con diamantes, esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosas que jamás se encuentran en la alforja de un pescador de Galilea.
El lujo en tiempos de voto de pobreza
Nadie puede negar que la liturgia católica tiene gusto por lo estético. Lo curioso es cómo, con los siglos, esa estética fue derivando hacia el lujo más explícito. Mientras los evangelios repiten, una y otra vez, frases como “no llevéis alforja, ni dos túnicas, ni calzado” o “mi reino no es de este mundo”, la Iglesia fue diseñando un armario que haría palidecer a Versalles. Resulta paradójico —por decirlo suavemente— ver a un pontífice bendecir a los pobres desde un balcón dorado, con una capa pluvial valorada en miles de euros, bordada con hilos que no se encuentran en el mercado de barrio.
El contraste es aún más notorio si recordamos que, en el programa “Cleto y Anacleto, papado secreto”, hablamos de los orígenes del papado en tiempos en los que los seguidores de Jesús se reunían en casas, se ocultaban de las autoridades y compartían el pan sin protocolo. Ni Cleto ni Anacleto llevaban tiaras, desde luego. Ni siquiera está claro si fueron uno o dos. Lo que sí es seguro es que el oro no formaba parte de sus hábitos.
Con el paso del tiempo, el papado fue asumiendo una doble función: espiritual y política. En tanto jefe de Estado y líder religioso, el papa acumuló poder, tierras, ejército… y galas. Así como los monarcas lucían coronas, cetros y mantos, el pontífice fue añadiendo a su indumentaria símbolos que igualaban —o superaban— en lujo a los reyes de Europa.
Cuándo empezó todo este desfile
La mayoría de los complementos papales surgieron en la Edad Media. El uso de la tiara, por ejemplo, data del siglo VIII, aunque su forma se fue sofisticando con los siglos. Las primeras eran sencillas, casi toscas. Pero en pleno Renacimiento, con la curia romana en su apogeo, la moda papal se desató: capas con cola sostenida por ayudantes, estolas que medían más que un mantel de domingo y anillos del tamaño de un garbanzo gordo. Incluso se llegó a diseñar una sedia gestatoria (silla portátil) para pasear al papa alzado por los aires, acompañado de abanicos de plumas de avestruz.
Las reformas del Concilio Vaticano II trajeron ciertos aires de sencillez. Muchos elementos se eliminaron o se dejaron de usar regularmente. Pablo VI fue el último en portar la tiara. Desde entonces, los papas han optado por vestimentas más sobrias… relativamente. Las túnicas siguen siendo de seda; los anillos, de oro; los bordados, exquisitos.
Cuánto cuesta parecer humilde
Los datos concretos sobre precios actuales se manejan con discreción. Pero se sabe que ciertas capas pluviales pueden costar entre 3.000 y 10.000 euros. Un anillo como el del Pescador, aunque simbólicamente destruido al morir un papa, puede superar los 20.000 euros. Algunas mitras están elaboradas con más de 500 horas de trabajo artesanal. Y no hablemos ya del coste histórico acumulado de joyas, bordados y piezas de museo que han vestido al papado durante siglos.
Todo esto resulta llamativo si se compara con las palabras del propio Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”. La estética, claro, tiene su valor ritual. Pero cuando ese valor se mide en quilates, la pregunta se impone: ¿dónde termina el símbolo y dónde empieza el dispendio?
Así que, si algún día ves a un papa con camiseta de algodón, sandalias y gorra de propaganda… probablemente no sea el papa.







