Ruidos con motor y metralla

experimental

El futurismo italiano y Edgar Varèse comparten algo más que una época: ambos representan una ruptura sonora, estética y cultural con lo que se entendía como “arte” a principios del siglo XX. Nacidos en un mundo que acababa de descubrir la velocidad, el acero y las guerras modernas, estos movimientos y creadores hicieron del ruido un lenguaje legítimo y de la provocación una bandera.

El futurismo italiano comenzó en 1909 con el manifiesto de Filippo Tommaso Marinetti publicado en Le Figaro. Allí se celebraba la máquina, el dinamismo, el riesgo y, por encima de todo, la destrucción del pasado. Los pintores Umberto Boccioni, Giacomo Balla y Gino Severini trasladaron esa exaltación a las artes visuales, mientras que los músicos futuristas —con Luigi Russolo a la cabeza— buscaban la manera de convertir el ruido industrial en música. Su Arte de los ruidos (1913) es un manifiesto que pide escuchar silbatos, motores, sirenas, explosiones y engranajes como materia prima musical.

Russolo llegó a construir sus propios instrumentos: los intonarumori, unas cajas de madera con manivelas y membranas que producían sonidos mecánicos, zumbidos y estruendos. Eran máquinas pensadas para desafiar al público. No pocas veces, las primeras actuaciones terminaron en gritos, discusiones e incluso peleas. Pero los futuristas italianos querían eso: que la música dejara de ser un cómodo sillón burgués y se convirtiera en un campo de batalla auditivo.

De Italia a París, del manifiesto al laboratorio sonoro

Mientras tanto, en otra esquina de Europa, Edgar Varèse forjaba su propio camino. Nacido en Francia en 1883 y formado en París y Berlín, Varèse absorbió las corrientes artísticas de su tiempo, pero pronto se sintió limitado por la orquesta tradicional. No quería seguir llenando pentagramas con las mismas combinaciones tímbricas de siglos anteriores: buscaba una música que incorporara nuevas fuentes sonoras y que reflejara el pulso de la modernidad.

Su traslado a Nueva York en 1915 le dio libertad para experimentar. Allí escribió obras como Amériques (1918-21) y Ionisation (1929-31), esta última pionera en el uso exclusivo de percusión, incluyendo instrumentos como sirenas, bloques de madera y tam-tams. Su concepción del sonido como “masa” y su interés por la electrónica anticiparon buena parte de la música experimental de la segunda mitad del siglo XX.

Varèse nunca fue futurista en el sentido italiano del término, pero compartía su impulso: derribar las fronteras entre ruido y música, explorar la energía de la máquina y abandonar la nostalgia por el pasado. En 1931, con la ayuda del ingeniero Léon Theremin, exploró instrumentos electrónicos como el ondes Martenot y el propio theremin, buscando timbres imposibles de obtener con medios acústicos tradicionales.

Ruido, política y modernidad

El futurismo italiano, como movimiento, tuvo un problema: su cercanía ideológica con el fascismo de Mussolini, especialmente en su segunda etapa. Marinetti fue un entusiasta del régimen, lo que terminó por lastrar la percepción del futurismo tras la Segunda Guerra Mundial. Varèse, en cambio, se mantuvo siempre independiente y crítico con cualquier intento de instrumentalizar el arte.

Aun así, la huella del futurismo se nota en muchas vanguardias musicales posteriores: del musique concrète de Pierre Schaeffer al krautrock, pasando por compositores como John Cage o grupos industriales como Throbbing Gristle. Varèse es, de hecho, un puente entre esa herencia futurista y la música contemporánea, y no es casual que figuras como Frank Zappa lo consideraran un maestro.

Futurismo y Varèse en la cultura popular

Resulta curioso que las ideas de ambos mundos sigan apareciendo de forma soterrada en la cultura popular. El gusto por los ruidos mecánicos, la saturación sonora y la experimentación tímbrica ha llegado incluso al cine y los videojuegos, donde las bandas sonoras incorporan grabaciones de motores, chirridos y golpes metálicos como parte integral de la música.

El propio Varèse se adelantó a esto con su Poème électronique (1958), concebido para el Pabellón Philips de la Exposición Universal de Bruselas, un espacio diseñado por Le Corbusier y Xenakis. Allí, el público escuchaba la pieza mientras las paredes proyectaban imágenes y luces, creando una experiencia multimedia décadas antes de que se inventara el término.

Entre el manifiesto y el submarino

En Totus Pódcast hemos explorado el territorio de la música experimental en varias ocasiones. Uno de nuestros episodios, titulado «Batiscafo», está dedicado a este disco de Gregorio Paniagua que juega con elementos de collage sonoro, citas históricas y guiños experimentales. Aunque ese trabajo pertenece a otro tiempo y otra sensibilidad, la sombra del futurismo italiano y la audacia de Varèse planean sobre él: la voluntad de romper con lo previsible, de buscar lo inesperado en cada compás.

La lección irreverente

La historia del futurismo italiano y Edgar Varèse no es solo una crónica de ruidos y experimentos. También es un recordatorio de que la música, como cualquier arte, vive y respira cuando se atreve a incomodar. El ruido, bien usado, no es desorden: es un espejo deformante que nos obliga a escuchar de otra forma.

Contenido optimizado con herramientas de IA... pero redactado/revisado/corregido con Inteligencia Humana. 😉

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