Bibliopegia antropodérmica

libro piel humana

La bibliopegia antropodérmica, el refinado tecnicismo con el que se denomina a la encuadernación en piel humana, podría parecer el argumento de una novela de terror. Sin embargo, varios ejemplares auténticos descansan en bibliotecas y museos del mundo. No hablamos de un puñado de ficciones ni de relatos espeluznantes para alimentar veladas lúgubres, sino de una práctica marginal pero documentada que floreció, sobre todo, entre el siglo XVII y el XIX.

Se sabe que médicos, anatomistas y algún que otro bibliófilo con inclinaciones tan mórbidas como elitistas impulsaron esta técnica. Muchos de estos ejemplares nacieron en contextos clínicos ya que las pieles provenían de cadáveres disecados o de criminales ejecutados. Parecía un siniestro cruce entre la ciencia y la obsesión por la rareza. No obstante, el halo de poder y posesión que implica encuadernar un libro en piel humana encierra una sombra de dominación —especialmente cuando se trataba de piel de condenados o de clases bajas.

Uno de los casos más famosos es el Des destinées de l’âme del siglo XIX, obra del médico francés Ludovic Bouland. A este médico no se le ocurrió otra cosa que encuadernar el libro con la piel de una paciente fallecida en su hospital. Bouland dejó una nota en el propio ejemplar: “un libro sobre el alma humana merece tener una vestimenta humana”. Difícil saber si pretendía ser irónico o simplemente repelente.

Otro ejemplo célebre es el del ejemplar de la Historia de la piel humana. Se trata de un libro conservado en la Biblioteca de la Universidad de Harvard, cuyos análisis confirmaron la autenticidad de su material. Harvard, de hecho, retiró de la consulta pública y exposición algunos de estos libros tras el debate ético que emergió en pleno siglo XXI. Porque una cosa es la curiosidad académica y otra bien distinta exponer la piel de alguien que no dio su consentimiento para ser parte de una portada.

Dilema moral

Este dilema moral ha alimentado múltiples polémicas. ¿Es lícito mantener estos libros en colecciones públicas? ¿Deberían destruirse, exponerse o estudiarse? La cuestión no es sencilla. Por un lado, están quienes defienden el valor histórico y testimonial de estas piezas; por otro, los que claman por una reparación ética que, al menos, retire a la vista pública tales trofeos de barbarie.

Algunas instituciones han optado por la prudencia: el Mütter Museum de Filadelfia, dedicado a la historia de la medicina, retiró temporalmente ciertos objetos de exposición, incluidas piezas encuadernadas en piel humana, ante la presión pública y académica. Otros, en cambio, prefieren conservarlos bajo la lógica del “recordar para no repetir”. Aunque, si atendemos a los restos bibliográficos, la práctica cesó oficialmente a finales del siglo XIX, con la progresiva dignificación de los cuerpos y el endurecimiento de las legislaciones sobre el trato a los restos humanos.

En 2014, de nuevo la Universidad de Harvard anunció que su ejemplar de Des destinées de l’âme era de piel humana, tras someterlo a pruebas biomoleculares. Ese anuncio desató un revuelo que obligó a otros museos y universidades a revisar sus catálogos. Desde entonces, la bibliopegia antropodérmica ha dejado de ser un asunto solo para morbosos, y se ha transformado en un terreno fértil para debates bioéticos. Se estima que hoy en día solo existen unas cincuenta obras con esta peculiar encuadernación, aunque no todas han sido confirmadas mediante análisis forenses.

En Totus Pódcast ya hablamos de impresoras pioneras, mujeres que revolucionaron el mundo editorial. Pero la piel humana nunca fue su materia prima, por fortuna. Hoy, la tinta y el papel bastan para cautivar lectores sin necesidad de envolver el volumen en epidermis ajena.

¿Y la última obra descubierta? La noticia más reciente que se tiene es la del ejemplar de Practicarum quaestionum circa leges regias. Hallado, para variar, en la Biblioteca de la Universidad de Harvard, cuya autenticidad fue ratificada también en la pasada década. Por ahora, no parece que vayan a aparecer más, pero el silencio de algunos archivos polvorientos aún puede deparar sorpresas.

Queda en el aire la duda de si aquellos médicos, anatomistas o coleccionistas eran simples sádicos disfrazados de eruditos, o si realmente creían perpetuar un saber que debía materializarse hasta en la piel. Lo cierto es que, gracias a los avances científicos actuales, ya no hace falta arrancarle la epidermis a nadie para disfrutar de una buena encuadernación.

Contenido optimizado con herramientas de IA... pero redactado/revisado/corregido con Inteligencia Humana. 😉

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