En el Parque de Bomberos número 6 de Livermore, California, un foco de luz ordinario lleva haciendo historia desde 1901. La bombilla centenaria, reconocida oficialmente por el Libro Guinness de los Récords, sigue brillando como si burlara el paso del tiempo y las leyes del desgaste. No es la bombilla más potente del mundo, ni mucho menos. Pero sí la más persistente. Tanto, que hoy es casi una leyenda eléctrica viviente.
¿Puede una bombilla sobrevivir más de un siglo encendida? La respuesta no solo es afirmativa, sino que está iluminando una pequeña sala del parque de bomberos desde hace más de 120 años. Tal es el asombro —o mejor dicho, la perplejidad— que en 1972 se organizó un comité para autenticar la historia del foco. Desde entonces, su actividad está monitorizada por una cámara en directo que puedes consultar en su página oficial.
Y sí, es un enlace que lleva a la bombilla en tiempo real, sin trampa ni cartón.
La bombilla centenaria la fabricó Shelby Electric Company, una firma que operaba en Ohio a finales del siglo XIX. Está hecha con un filamento de carbono, mucho más resistente que los modernos de tungsteno. Y aquí empieza el misterio: si hace más de un siglo sabían fabricar bombillas casi eternas, ¿por qué las nuestras se funden a los pocos años?
La respuesta a esa pregunta tiene mucho que ver con un oscuro episodio de la historia industrial: el cártel Phoebus. En 1924, varios fabricantes de bombillas (entre ellos Philips, Osram y General Electric) acordaron limitar la vida útil de los focos a unas 1.000 horas. Así garantizaban un mercado constante, ya que si las bombillas duraban para siempre, se acabaría el negocio. A este acuerdo se le conoce como el primer caso de obsolescencia programada, un concepto del que ya hablamos en ESTE ARTíCULO.
Que la bombilla centenaria siga brillando después de tantas décadas es casi un acto de resistencia frente a ese diseño industrial planificado para que las cosas mueran antes de tiempo. La ciencia detrás de su longevidad no es ningún arcano perdido: se basa en un filamento más grueso, una menor potencia (actualmente apenas ofrece entre 4 y 5 vatios de luz) y un uso constante sin apagados ni encendidos bruscos, que es lo que suele estresar más los materiales.
Hay otros ejemplos de tecnología eléctrica centenaria que sigue activa. El motor eléctrico más antiguo en funcionamiento data de 1895 y se encuentra en la Universidad de Auckland, en Nueva Zelanda. Sigue girando, aunque solo se pone en marcha para ocasiones especiales. En el campo de las telecomunicaciones, uno de los teléfonos instalados en la Casa Blanca en 1929 sigue operativo, aunque solo como reliquia curiosa.
En otro episodio de Totus Pódcast, titulado Las primeras baterías, contamos la historia de las baterías de Bagdad: artefactos milenarios que podrían haber servido para generar electricidad. Aunque su función real sigue siendo un debate arqueológico, la idea de que la humanidad lleva siglos intentando domar la electricidad encaja perfectamente con la historia de la bombilla centenaria. Quizá sea menos impresionante que un hallazgo arqueológico, pero es una muestra palpable de que la durabilidad no es incompatible con la técnica.
Claro que la bombilla centenaria también nos lanza una advertencia: no todo está diseñado para durar, y tal vez no convenga que así sea. Si cada invento fuera eterno, ¿dónde meteríamos el placer culpable de comprar algo nuevo? La industria moderna lo sabe bien: un consumidor contento es aquel que siempre tiene algo pendiente por renovar.
Hay que admitir que en un mundo donde el móvil caduca en menos de dos años, un simple foco de 1901 que aún brilla es casi un chiste pesado contado por la Historia.







