Es 1986. Les Luthiers está en la cima del mundo, y uno de sus miembros más carismáticos y polifacéticos, Ernesto Acher, decide bajarse del barco. Para muchos, fue un shock. ¿Qué hace un genio como él después de dejar el grupo que redefinió el humor y la música en español? La respuesta llegó un año después, y no fue un chiste. Bueno, no del todo.
La respuesta fue un disco llamado Juegos (Microfon, 1987). Y si alguna vez un álbum hizo honor a su título, fue este. Lejos de ser un simple capricho, Juegos es una declaración de principios, un manifiesto donde Acher nos dice: «Señores, la música no tiene fronteras, y he venido a demostrarlo con una coctelera en la mano». Este disco es un parque de atracciones sonoro construido por un arquitecto que domina las reglas solo para saber exactamente cómo y cuándo romperlas.
El Luthier que se fue a jugar solo
Tras su etapa en Les Luthiers, donde ya había dado sobradas muestras de su talento como arreglista, director y multiinstrumentista (¡ese clarinete!). Por cierto, el motivo de su salida del grupo es algo que, parece ser, nunca llegará a trascender. En un acto público, el propio Acher comentó que se hizo «un pacto de caballeros» para que se dieran detalles de su saluda. El caso es que sintió la necesidad de explorar sin las geniales «ataduras» del guion humorístico. Quería dar rienda suelta a una idea que le rondaba: la música, en el fondo, es un lenguaje universal que se ríe de nuestras estiradas etiquetas.
El resultado, Juegos, es un artefacto musical fascinante. No es un disco de «fusión» al uso, ni un pastiche pretencioso. Es, como bien indica su nombre, un ejercicio lúdico y tremendamente serio a la vez. Acher coge la historia de la música como si fuera una caja de LEGO y se pone a construir figuras imposibles que, milagrosamente, se sostienen a la perfección.
Un manual de instrucciones para desarmar la música (y volverla a armar)
Publicado por el sello Microfon, el álbum es un viaje sin mapa. En una misma pieza, te encuentras con que las «Danzas Húngaras» de Brahms se van de fiesta con una batucada brasileña, o que un fragmento de Mozart decide que quiere aprender a bailar jazz. La clave es que nunca suena forzado. Acher no parodia ni se burla; dialoga. Pone a los géneros a conversar y descubre que, en el fondo, tenían mucho que contarse.
La orquestación es una maravilla. No hay una gran orquesta sinfónica, sino un ensamble más versátil y juguetón, donde los timbres clásicos y populares se codean sin complejos. El clarinete de Acher, por supuesto, lleva la voz cantante en muchos pasajes, pero lo hace como un maestro de ceremonias que va presentando a los demás instrumentos y cediéndoles el protagonismo.
¿Beethoven con sabor a bolero?
Aquí está el gran truco de magia de Juegos. Acher no pone la música «culta» en un pedestal y la «popular» a sus pies. Las trata como iguales, como dos viejas amigas que se reencuentran. ¿Irreverencia? Quizás un poco. ¿O es, en realidad, el más profundo de los respetos? Porque para mezclar con esa elegancia, primero hay que amar y comprender a fondo cada una de las tradiciones.
El oyente desprevenido empieza escuchando un minueto y, sin darse cuenta, sus pies empiezan a marcar el ritmo de una milonga. Pasa de la solemnidad de un coral barroco a la calidez de un bolero, y la transición fluye con una naturalidad pasmosa. Acher nos demuestra que esas músicas, que creíamos separadas por siglos y océanos, en realidad comparten el mismo ADN: el ritmo, la melodía y la emoción.
Escuchado hoy, a más de treinta años de distancia, el disco no ha perdido ni un ápice de su frescura. De hecho, se siente increíblemente moderno, un precursor de muchas corrientes que intentaron, con mayor o menor fortuna, derribar los muros entre géneros.
El humorista que se escondía en la partitura
Por supuesto, el humorista sigue ahí. Acher ya no necesita escribir un guion ni hacer un gag en el escenario. En Juegos, el chiste es puramente musical. La broma es un acorde inesperado, una cita melódica que aparece donde nadie la espera, o hacer que dos estilos que se odiarían a muerte en teoría, aquí se den un abrazo. Es un humor más sutil, para el oído entrenado, pero que transmite la misma chispa de ingenio que lo hizo famoso.
Quien escuche el disco sin saber nada de su autor, descubrirá a un músico con una libertad creativa apabullante, un creador que no teme al eclecticismo porque tiene una brújula interna que nunca le deja perder el norte musical.
Este espíritu de Acher también nos inspiró para perpetrar el programa de Totus Pódcast que titulamos «Federico García Lovecraft«. Allí nos lanzamos a cruzar las obras de García Lorca y H. P. Lovecraft, dos mundos aparentemente irreconciliables. Esa misma emoción de juntar piezas que no encajan y descubrir que crean algo nuevo y fascinante es la que transmite Juegos en cada surco.
Pero volviendo a los Juegos de Acher, terminemos esta entrada del blog diciendo que aquel disco fue solo el comienzo de una brillante carrera en solitario como director y arreglador. Nos enseña que un minueto puede bailar con un tango sin pedirle permiso a la historia. Es más, seguro que si Beethoven se hubiese criado en un barrio de Montevideo, probablemente también habría inventado la murga. Y seguro que le habría quedado genial.







