El cuadro «El Coloso» de Goya ha tenido más vueltas que un toro mecánico en feria de pueblo. Atribuido a Francisco de Goya durante casi dos siglos, cayó en desgracia cuando, en 2008, una especialista del Museo del Prado publicó una investigación que ponía en duda su autoría. Se desató entonces una tormenta que combinaba análisis técnicos, debates estéticos y una buena dosis de misterio burocrático. Lo que parecía una certeza asentada se volvió una pregunta incómoda: ¿y si Goya no fue el autor del coloso que camina entre el pánico?
La figura monumental que se eleva sobre un paisaje convulso, con campesinos y animales huyendo en todas direcciones, había sido una imagen poderosa de la resistencia ante la invasión napoleónica. Desde que ingresó en las colecciones públicas en 1931, «El Coloso» fue interpretado como una alegoría patriótica. Sin embargo, la especialista Manuela Mena puso el cuadro en entredicho en un artículo publicado en el Boletín del Museo del Prado.
Apoyándose en el análisis de la firma (o más bien, de una inscripción poco visible que parecía decir “A. G.”), Mena atribuyó la obra a un tal Asensio Juliá, ayudante de Goya. Argumentó también diferencias de estilo y factura con otras obras del maestro aragonés. Con ese informe, el museo cambió su cartela: Goya desapareció, y el anonimato se impuso. Durante años, el cuadro fue relegado a los almacenes, y no volvió a exponerse hasta 2021.
La polémica no quedó ahí. En 2021, un nuevo estudio técnico impulsado por el Prado y firmado por Carmen Garrido, especialista en radiografía pictórica, reveló datos inesperados. La tela, la imprimación, el modo de aplicar los pigmentos y la composición general coincidían con los procedimientos habituales de Goya en sus lienzos de gran formato. No solo eso: el análisis infrarrojo reveló arrepentimientos característicos del pintor. El Coloso volvía a rugir, esta vez desde los laboratorios.
Para quienes habéis escuchado el episodio titulado “Anónimo González” de nuestro pódcast —una reflexión sobre los misterios del anonimato artístico a lo largo de la historia— este caso podría haber encacajado como anillo al dedo. Aquí también hubo un tiempo en que la obra hablaba por sí sola, sin necesidad de firma. Pero ahora la ciencia ayudaba a recuperar una voz concreta: la de Goya, con toda su fuerza y dramatismo.
El museo rectificó en 2022 y restituyó la autoría a Francisco de Goya. El lienzo fue restaurado y volvió a exhibirse en la Galería Central del Prado. Allí puede contemplarse de nuevo, al lado de otras obras que narran el horror de la guerra y el temple de quienes la sufren. La cartela actual lo deja claro: Francisco de Goya y Lucientes (1746–1828). El Coloso. Hacia 1808–1812.
El asunto, sin embargo, deja lecciones más allá de lo puramente técnico. El entusiasmo con que algunos museos abrazan hipótesis arriesgadas, la fragilidad de los consensos atribucionistas y la velocidad con que una firma puede desaparecer de un cuadro invitan a cierta desconfianza metodológica. El Prado, con su prestigio, tiene recursos para corregirse. No ocurre igual con tantas otras obras de autores menores —o considerados menores— que nunca verán una revisión tan exhaustiva.
La historia de “El Coloso” también ilustra cómo los contextos políticos y culturales influyen en la percepción del arte. En plena Guerra de la Independencia, la imagen de una figura gigantesca resistiendo en medio del caos servía como símbolo de la nación que no se rinde. Quitarle el nombre de Goya fue, simbólicamente, quitarle algo de esa fuerza histórica. Reasignarlo, en cambio, ha sido una forma de devolverle dignidad, tanto al pintor como al mensaje.
Cabe añadir que el debate sobre la autoría ha servido también para revisar el papel de los colaboradores y aprendices en los talleres del XVIII y XIX. Asensio Juliá, lejos de ser una figura secundaria, fue un pintor notable y amigo íntimo de Goya. Pero la distancia entre sus estilos se hace evidente al observar otras obras suyas. Ni la pincelada, ni la composición, ni la carga simbólica de “El Coloso” encajan con su catálogo. Y esa inscripción “A. G.” que desató el culebrón se interpreta hoy, con más cautela, como una posible marca de inventario o una abreviatura del apellido Goya deformada por el tiempo.
Queda también el asunto de la conservación y almacenamiento. El paso por los sótanos del Prado durante años no favoreció la relación del público con el cuadro. Fue como si se hubiera cometido un crimen y la víctima fuera escondida en un cajón. Hoy, con su autoría reivindicada, «El Coloso» vuelve a ocupar un lugar de privilegio. No por nostalgia, sino porque lo merece.
La historia de este lienzo nos recuerda que hasta los gigantes pueden ser cuestionados. Que un “quizás” mal colocado puede desplazar a un “es”. Que las teorías más audaces necesitan pruebas, no solo convicciones. Y que, a veces, las dudas dicen más de nosotros que del objeto analizado.







