Pocos grupos españoles pueden presumir de haber marcado con tanta elegancia la banda sonora emocional de los años 80 y 90. La historia del grupo Duncan Dhu comienza en San Sebastián, una ciudad más acostumbrada entonces al rock áspero y urbano que a los aires melódicos y la sensibilidad acústica que traería este dúo (y luego trío) liderado por Mikel Erentxun y Diego Vasallo.
Con apenas veinte años, ambos venían de la banda Los Dalton, formación punk-pop que no terminaba de encajar con sus inquietudes. En 1984 deciden emprender un nuevo camino junto a Juan Ramón Viles, batería que les acompañó en la etapa inicial. Se inspiraron en el folk anglosajón, el rockabilly de los 50, los arreglos acústicos sencillos y las historias de amor envueltas en melancolía. El nombre lo tomaron prestado de un personaje de Kidnapped, novela de Robert Louis Stevenson: Duncan Dhu, un forastero romántico y solitario.
Un estilo que rompía moldes
En una escena dominada por la Movida madrileña, con sus sintetizadores, irreverencias y urgencia posfranquista, Duncan Dhu supuso un cambio de ritmo. Propusieron otra cadencia: guitarras acústicas, contrabajo, armonías suaves. Eran jóvenes que querían sonar viejos. Y lo consiguieron.
Su primer álbum, Por tierras escocesas (1984), no tuvo un gran impacto comercial, pero contenía ya el germen de lo que vendría después. El salto a la popularidad llegó con Canciones (1986), una colección de temas que parecía estar pensada para tocar en patios de instituto o verbenas de barrio con clase. “Esos ojos negros” los catapultó a todas las radios. Y con El grito del tiempo (1987), la cosa se desbordó: “En algún lugar” se convirtió en himno generacional, mientras que “Una calle de París” y “Jardín de rosas” consolidaron su lugar en el podio del pop sentimental.
Influencia y éxito
La influencia de Duncan Dhu no puede medirse solo por las ventas o el número de veces que sonaron en los recopilatorios de la época. Lo importante fue que ofrecieron una alternativa emocional dentro del pop español. Mostraron que se podía cantar al amor sin estridencias ni poses, sin necesidad de ser cursi ni empalagoso. Su estilo inspiró a decenas de artistas y grupos posteriores que entendieron que lo acústico también podía ser moderno.
A finales de los 80, el grupo se había convertido ya en dúo tras la salida de Viles. Mikel y Diego asumieron el timón artístico con naturaleza. Publicaron Autobiografía (1989), una obra ambiciosa y arriesgada, doble disco con colaboraciones como la de Black y Sam Brown. En plena explosión del CD, se permitieron grabar con orquesta, cuidar los arreglos hasta el extremo y alejarse aún más de lo que se esperaba de una banda pop española.
Los noventa y la disolución
Ya en los años 90, Duncan Dhu entró en una etapa más introspectiva. La prensa hablaba más de los discos en solitario de Mikel y Diego que del proyecto común. No había ruptura oficial, pero el desgaste era evidente. En 1993 publicaron Piedras, un disco más áspero, más oscuro. Y tres años más tarde, Crepúsculo (1996) sonó casi a despedida.
La separación llegó sin escándalo. No hubo portazos ni acusaciones cruzadas. Simplemente, Duncan Dhu dejó de existir. Mikel continuó con su carrera en solitario con éxito moderado y una notable fidelidad de público. Diego, más esquivo y experimental, también se mantuvo en activo, aunque con menor visibilidad mediática.
El reencuentro que nadie esperaba
En 2013, casi dos décadas después, Mikel y Diego sorprendieron a todo el mundo con un reencuentro. Publicaron El duelo, un EP de cuatro canciones, y 1, un álbum que retomaba el estilo clásico del grupo, pero con una madurez sonora evidente. Salieron de gira, llenaron teatros y demostraron que el tiempo no había hecho mella en la química entre ellos.
No fue un regreso a largo plazo, pero sí un regalo para quienes los habían seguido desde adolescentes. Era como si aquellos acordes de guitarra, aquella voz quebrada de Mikel, aquel bajo minimalista de Diego, hubiesen estado esperando su momento en algún lugar del tiempo.
Duncan Dhu en el contexto musical de los 80 y 90
Dentro del panorama español de los 80, Duncan Dhu no fue una anomalía, pero sí un caso aparte. No eran parte del círculo de Alaska y compañía, ni del rock urbano madrileño, ni del tecnopop. Eran unos donostiarras que cantaban como si fueran de Nashville, con el alma puesta en Buddy Holly, Simon & Garfunkel y los Beach Boys.
Precisamente en nuestro programa titulado Love & Mercy, hablamos de la película sobre Brian Wilson, genio californiano que convirtió la música pop en arte de cámara. Duncan Dhu, salvando distancias, realizó una labor parecida en el contexto español: dignificaron el pop con letras cuidadas, arreglos sutiles y un respeto absoluto por la canción como forma poética.
Durante los 90, su estilo se volvió más introspectivo, menos radiofónico, pero nunca perdieron su identidad. En un momento en que el grunge y el britpop dominaban el panorama, ellos siguieron hablando de emociones pequeñas y momentos detenidos en el tiempo.







