Ritmos con tierra en los pies

Argentina

Hay músicas que no se aprenden: se heredan. En cada esquina de la Argentina suenan melodías que huelen a campo, a mate y a leña. Los estilos musicales del folclore argentino son una forma de identidad que late en cada zamba, en cada chacarera y en cada milonga, con el pulso del pueblo que las canta desde hace siglos. Estas formas musicales, transmitidas de generación en generación, han acompañado fiestas, amores, desvelos y protestas.

La zamba, probablemente la más reconocida fuera de Argentina, no tiene nada que ver con su homónima brasileña. Nació en el noroeste, con raíces en la zamacueca peruana y en las danzas coloniales, pero floreció como un canto a la ternura. Es una danza de pañuelos, de miradas que se buscan y se esquivan. Cada paso parece un verso y cada giro, un suspiro. Grupos como Los Chalchaleros y Los Fronterizos llevaron la zamba a los escenarios internacionales, mientras Mercedes Sosa la elevó al rango de plegaria universal.

La chacarera, en cambio, es pura energía. Nacida en Santiago del Estero, su ritmo alegre invita al zapateo y a la fiesta. Si la zamba es el susurro del amor, la chacarera es su carcajada. Sus compases binarios o ternarios la hacen irresistible, y agrupaciones como Los Carabajal la han convertido en sinónimo de orgullo santiagueño. Escuchar una chacarera en directo es como sentir que el suelo también baila.

Más al sur, la milonga asoma con un aire distinto: melancólica, pícara, urbana. Fue la madre del tango, pero conserva ese perfume criollo del campo y del payador. Es música de guitarras y de palabra improvisada, de hombres que cantan lo que viven. Legendarios como José Larralde, Horacio Guarany o el propio Atahualpa Yupanqui hicieron de la milonga un vehículo para la reflexión y la crítica social. En nuestro episodio “La pura verdad” rendimos homenaje a Yupanqui, ese hombre que supo decir con una guitarra lo que muchos callaban con miedo.

También hay ritmos menos conocidos fuera de Argentina, pero igual de poderosos. El gato y el escondido, por ejemplo, son danzas coquetas, rápidas y llenas de picardía. El gato combina zapateo con giros ágiles; el escondido juega con el misterio del cortejo. En ambos, la pareja se provoca con sonrisas que dicen más que mil versos. Y están también la vidala y la baguala, que parecen surgidas del silencio de la puna. En ellas la voz se alarga como un eco entre los cerros, cargada de soledad y belleza.

El folclore argentino no se quedó quieto en los montes ni en los festivales. Durante el siglo XX vivió un proceso de renovación que lo llevó a fusionarse con el rock, el jazz o la música académica. Chango Farías Gómez o Raly Barrionuevo son herederos de esa mezcla, que mantiene viva la raíz sin miedo a la experimentación. En los escenarios de Cosquín —epicentro del folclore nacional— conviven hoy guitarras criollas con sintetizadores, bombos legüeros con baterías eléctricas. Es la prueba de que la tradición no se rompe cuando cambia, sino cuando se olvida.

La influencia de estos estilos ha trascendido fronteras. Mercedes Sosa cantó al mundo entero que la tierra es de todos; Jorge Cafrune llevó su voz a los caminos hasta que el poder quiso silenciarla; Ramona Galarza y Raúl Barboza hicieron sonar el chamamé más allá del litoral. Cada región argentina tiene su pulso: el carnavalito del norte, el malambo de los gauchos del sur, la cueca cuyana, el chamamé correntino… Todos son fragmentos de una misma sinfonía popular.

Y si de guitarras se trata, sería injusto olvidar al payador, figura esencial del Río de la Plata. Armado solo con su voz y su ingenio, el payador improvisa décimas que mezclan humor, filosofía y denuncia. En la payada se cruzan el duelo y la poesía, y su espíritu sigue vivo en artistas contemporáneos que la reinventan sin perder su esencia.

El folclore argentino, en su diversidad, es un espejo de la historia del país: mestizo, contradictorio, apasionado. En cada copla hay un pedazo de lucha, una risa que no se apaga o un amor que se niega a morirse. La música popular fue refugio en tiempos de censura, bandera en momentos de rebeldía y consuelo en las pérdidas. Su belleza radica en que no necesita permiso para existir.

Al escuchar una zamba o una chacarera, uno no solo oye música: siente comunidad. Tal vez por eso sigue emocionando a jóvenes y mayores, en plazas, radios o plataformas digitales. Para quien quiera seguir descubriendo este universo de melodías y tradiciones, recomendamos visitar el sitio del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, donde cada año se celebra la fuerza viva de esta herencia.

Si alguna vez la vida te desafina, pon una zamba de Yupanqui o una chacarera de los Carabajal… y verás que hasta el mal humor termina zapateando.

Contenido optimizado con herramientas de IA... pero redactado/revisado/corregido con Inteligencia Humana. 😉

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