Cuando hablamos de la mitología rumana, es casi inevitable pensar en vampiros y, más concretamente, en los temidos strigoi. No en vano, en Totus Pódcast ya exploramos con detalle sus orígenes en el episodio «Cómo matar a un vampiro«. Pero lo cierto es que la mitología rumana esconde un mundo mucho más amplio, rico y variado, cargado de criaturas, espíritus, rituales y leyendas que forman un folclore propio y fascinante.
La posición geográfica de Rumanía, entre Europa Central, los Balcanes y el Mar Negro, ha convertido su acervo mítico en un cruce de caminos entre tradiciones tracias, dacias, latinas, eslavas y hasta griegas. Un sincretismo que dio lugar a seres únicos, dioses menores y supersticiones que aún hoy se recuerdan en zonas rurales.
Los Solomonari: magos de las tormentas
Uno de los personajes más singulares es el Solomonar, una especie de hechicero o mago ancestral que, según la tradición, tiene el poder de controlar el clima. Los solomonari viven apartados en las montañas y dominan los secretos del trueno, la lluvia o el granizo. Se dice que montan dragones llamados zmeu, y que pueden desatar tempestades o frenarlas según su voluntad.
Curiosamente, su nombre deriva del rey bíblico Salomón, al que se atribuía sabiduría y conocimientos esotéricos. La leyenda rumana tomó esa inspiración y la mezcló con elementos paganos para crear estos temidos controladores del cielo. Algunos relatos incluso afirman que fueron educados por el mismísimo diablo en escuelas ocultas bajo tierra.
Muma Pădurii: el espíritu del bosque
La figura de la Muma Pădurii, o la «madre del bosque», es otro ejemplo de la profundidad mítica rumana. Esta criatura, a medio camino entre un espíritu protector y una bruja malvada, habita los bosques más espesos. Se la representa como una anciana fea, con poderes para confundir a los viajeros o embrujar a quien dañe la naturaleza.
No obstante, su carácter no es completamente maligno: en algunas historias, protege a los animales del bosque y castiga únicamente a quienes alteran el equilibrio natural. Es un eco de las antiguas divinidades paganas asociadas a la naturaleza, reinterpretadas bajo una capa de superstición cristianizada.
El zmeu: dragones y ogros a la rumana
En los cuentos populares rumanos aparece el zmeu, un ser híbrido entre dragón, ogro y demonio. A menudo es el antagonista de las epopeyas heroicas, pues secuestra princesas o se enfrenta a los valientes guerreros llamados Făt-Frumos, el equivalente local del príncipe encantado.
A diferencia de los dragones occidentales, el zmeu tiene rasgos humanos: habla, trama y a veces seduce. Puede tener varias cabezas y escupir fuego, pero su peligrosidad radica en su astucia más que en su fuerza bruta. El zmeu simboliza la prueba definitiva que debe superar el héroe para alcanzar la madurez o el amor.
Ielele: las hadas seductoras y peligrosas
Las Ielele son entidades femeninas de gran belleza que habitan en los campos, bosques o junto a las aguas. Aunque se las considera hadas, su carácter es profundamente ambivalente: pueden otorgar dones o arruinar la vida de un mortal.
Bailan en círculos bajo la luna llena y quien las observe sin ser invitado corre el riesgo de quedar mudo, ciego o incluso morir. Algunos estudiosos las relacionan con las ninfas griegas o las moiras, pero en la tradición rumana son temidas y se les rinde respeto, evitando mencionar su nombre directamente o perturbarlas.
El moroï y otros muertos inquietos
Además de los strigoi, Rumanía cuenta con los moroï, una especie de muertos vivientes que regresan del más allá no tanto para chupar sangre como para molestar a sus familiares o traer desgracias. Se les asocia con niños no bautizados o personas que murieron de forma violenta.
Para evitar su retorno, las comunidades rurales practicaban rituales específicos, como enterrar a los muertos con objetos protectores, clavarles estacas o realizar exorcismos. Aunque el moroï comparte rasgos con el vampiro, representa más bien un alma en pena que no encuentra reposo.
Un folclore vivo
Lo sorprendente de la mitología rumana es que muchas de estas creencias siguen presentes en el imaginario colectivo. Aún hoy, en festivales, cuentos y costumbres agrícolas se invocan o recuerdan estas figuras. La celebración del Drăgaica, un ritual relacionado con la fertilidad y la cosecha, es una prueba de la pervivencia de estas tradiciones.
Para quienes deseen profundizar en estos temas, existe un vasto repertorio de estudios antropológicos y recopilaciones de leyendas. Una fuente imprescindible es el trabajo del etnólogo Marcel Olinescu, que dedicó su vida a recoger el folclore rumano en el siglo XX.







