Sabio, sí, pero no tanto

Alfonso X

Alfonso X el Sabio es uno de los monarcas más citados (y menos leídos) de la historia peninsular. Su figura, envuelta en un aura de erudición casi milagrosa, suele ser presentada como un oasis cultural entre guerras de reconquista y pleitos nobiliarios. Pero ¿cuánto hay de cierto en esa imagen? ¿Qué hizo realmente diferente a Alfonso X el Sabio?

El monarca que quería escribir la historia

Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León desde 1252 hasta 1284, es conocido principalmente por su impulso a la lengua castellana, sus proyectos legislativos y su mecenazgo cultural. La “Escuela de Traductores de Toledo” y las Cantigas de Santa María figuran en cualquier manual escolar que pretenda resumir su legado. Y, sin embargo, esa visión glorificada oculta parte del contexto, los matices y las contradicciones de su reinado.

El apodo de “el Sabio” no es gratuito, pero tampoco debería aceptarse sin matices. No era un sabio en el sentido contemporáneo del término —ni siquiera en el medieval—, sino un rey con intereses intelectuales, rodeado de sabios que escribían, traducían o recopilaban por encargo. Él promovía, financiaba y, ocasionalmente, supervisaba. Como señala la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, fue más impulsor que autor, más compilador que pensador original. En realidad, Alfonso fue un gran editor con corona.

Castellano en el escritorio, latín en los decretos

Una de sus decisiones más relevantes fue usar el castellano en obras jurídicas y científicas. La Estoria de España o las Siete Partidas se redactaron en una lengua vulgar, cuando lo habitual era el latín. Este gesto suele interpretarse como un acto visionario de unificación lingüística. Pero conviene matizar: el castellano convivía con otras lenguas peninsulares, y el objetivo de Alfonso no era “defender el español” (concepto anacrónico), sino facilitar el acceso práctico al derecho y a la historia de su reino. Además, buena parte de la documentación oficial siguió expidiéndose en latín. La imagen del monarca como padre del español tiene algo de construcción retrospectiva.

El aspirante imperial y el rey de las derrotas

Otro aspecto menos conocido del Sabio es su obsesión con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. A través de su madre, Beatriz de Suabia, Alfonso se creía con derecho a ese cetro imperial. Movilizó recursos, embajadas y tesoros en la empresa, y todo para terminar rechazado por los electores alemanes. Esta fijación le costó mucho en términos políticos y financieros. Algunos historiadores ven en ese empeño la causa de su distanciamiento con la nobleza castellana y el inicio de las tensiones que desembocarían en una guerra civil contra su propio hijo Sancho.

Tampoco fue un rey especialmente afortunado en lo militar. Frente al imaginario de cruzado valiente, su reinado está lleno de campañas fallidas y alianzas inestables. La expansión territorial fue escasa y en algunos momentos, incluso, se perdió lo ganado. No es raro que haya pasado a la historia más como “el que mandaba escribir” que como “el que mandaba espadas”.

Las Cantigas, el escarnio y la música

Entre sus logros más originales está la compilación de las Cantigas de Santa María, una colección de más de 400 composiciones en galaicoportugués que mezcla lo devocional con lo narrativo y hasta lo cómico. En nuestro episodio “Cantigas de escarnio” ya analizamos cómo algunas de estas piezas musicales no eran tan piadosas como se piensa: el escarnio, la ironía y la sátira religiosa se colaban entre milagros y alabanzas.

Este tipo de manifestaciones muestran que, al menos culturalmente, el reinado de Alfonso no fue rígido ni dogmático. Se permitió bromear, experimentar, poner en verso a juglares y en códices a trovadores. La corte se convirtió, por momentos, en un laboratorio poético que hoy sería impensable en cualquier Consejo de Ministros.

La leyenda, la sombra y los errores

Con el paso de los siglos, Alfonso X se fue transformando en un mito. Se le atribuyen sentencias que probablemente nunca pronunció (“si yo hubiese estado allí, las cosas se habrían hecho de otro modo” ante la creación del universo), y se le idealiza como un sabio incomprendido. Pero muchas de sus reformas quedaron incompletas, sus decisiones legales no fueron aplicadas hasta tiempo después, y su final fue el de un rey enfrentado a su linaje y derrotado en sus ambiciones más elevadas.

Algunos autores han querido ver en Alfonso un “precursor del Renacimiento”. Pero esa etiqueta es anacrónica. Lo que sí puede decirse es que tuvo una visión amplia del saber, una cierta sensibilidad por la ciencia, la historia y la poesía. Eso no lo convierte en un humanista avant la lettre, pero sí en un rey más curioso que sus contemporáneos. Y tal vez eso, en plena Edad Media, ya era una rareza.

¿Sabio o aficionado entusiasta?

A fin de cuentas, Alfonso X el Sabio fue un rey peculiar: poco belicoso, intelectualmente ambicioso, culturalmente inquieto y políticamente torpe. No se le puede negar mérito, pero tampoco conviene convertirlo en un semidiós de las letras.

Si algo nos enseña su figura es que el poder también puede ser un vehículo para la cultura, siempre que no se use como disfraz de grandeza. Porque tener una biblioteca no te convierte en sabio, igual que tener un gimnasio en casa no te convierte en atleta.

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