¿Qué fue eso del «castellano antiguo»?

castellano antiguo

Solemos asociar el castellano antiguo a pergaminos, códices y textos que hoy leemos con cierta dificultad, pero conviene recordar que, durante siglos, fue la lengua cotidiana de millones de hablantes. Nadie pensaba que hablaba “antiguo”; simplemente… hablaba. La etiqueta es nuestra, retrospectiva, fruto de la necesidad académica de ordenar la historia de una lengua que no ha dejado de cambiar desde sus orígenes.

Se denomina castellano antiguo al conjunto de formas lingüísticas del romance castellano empleadas, de manera aproximada, entre los siglos XII y XV. Se trata de una etapa de formación, expansión y consolidación del castellano como lengua escrita, administrativa y literaria, todavía muy cercana al latín vulgar del que procede, pero ya claramente diferenciada de él.

Los primeros testimonios escritos que suelen citarse (como las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses) muestran un romance incipiente, mezclado aún con estructuras latinas. A partir del siglo XIII, el castellano comienza a fijarse como lengua de prestigio, capaz de expresar ciencia, derecho, historia y literatura. En ese momento, lo que hoy llamamos castellano antiguo era, sencillamente, castellano.

¿En qué momento ese castellano pasó a ser “antiguo”? La respuesta no es tajante. No existe una frontera clara ni una fecha exacta. Muchos filólogos sitúan el final del castellano antiguo hacia finales del siglo XV o comienzos del XVI, cuando se producen transformaciones profundas en la fonética, la morfología y el léxico. La pérdida de la f- inicial latina (fazer > hacer), la reordenación del sistema de sibilantes o la simplificación de ciertas formas verbales marcan el tránsito hacia lo que se denomina castellano moderno.

La publicación en 1492 de la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija no crea una lengua nueva, pero sí simboliza un cambio de conciencia. A partir de ese momento, el idioma comienza a describirse, regularse y enseñarse con criterios más estables. La gran literatura del Siglo de Oro, aparece escrita ya en una lengua que, con ajustes, reconocemos como la nuestra.

Leer textos del castellano antiguo supone enfrentarse a una ortografía variable, a palabras hoy desaparecidas y a giros sintácticos que nos resultan ajenos. Sin embargo, esa distancia no es un obstáculo, sino una oportunidad. En El Cantar de mio Cid o en las primeras versiones de La Celestina comprobamos cómo la lengua ya poseía una enorme capacidad expresiva. De hecho, en el programa Las mil versiones de El Quijote, comentamos cómo distintas ediciones de una misma obra han ofrecido variaciones que afectan al texto. La lengua, incluso cuando parece fijada, nunca es del todo inmóvil.

Llegados a este punto, surge una cuestión habitual: ¿es correcto decir castellano o español? Desde un punto de vista lingüístico, ambas denominaciones son válidas, aunque no idénticas. Castellano alude al origen histórico y geográfico de la lengua, nacida en el reino de Castilla. Español, en cambio, subraya su dimensión nacional e internacional, especialmente desde su expansión por América y otros territorios. La Real Academia Española reconoce ambas formas, y su uso depende más del contexto, la tradición y la intención comunicativa que de una corrección estricta.

Comprender qué fue el castellano antiguo ayuda a entender mejor el castellano actual. Muchas irregularidades, aparentes caprichos o dobles formas tienen explicación histórica. La lengua que hoy hablamos es heredera directa de aquellas formas medievales, pulidas por el uso, la norma y el contacto con otras lenguas. No hay ruptura, sino continuidad.

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