Hay objetos en el mundo que superan su propia categoría. Una silla es una silla, un cuadro puede ser una obra maestra, pero hay cosas que se convierten en algo difícil de nombrar con precisión: reliquias, enigmas, argumentos en madera y barniz contra la idea de que nada dura para siempre. Existe un violín Stradivarius que es exactamente ese tipo de objeto. Más que un instrumento, es una pregunta abierta que lleva trescientos años sin respuesta.
Un nombre que lo cambia todo
Antonio Stradivari construyó, según los registros disponibles, alrededor de 1.100 instrumentos. De esos, sobreviven aproximadamente 650. Y de esos 650, hay uno que ocupa una categoría propia: el Messiah (también conocido como Salabue o le Messie), datado en 1716 y considerado por la mayoría de los expertos como el Stradivarius mejor conservado de la historia, y probablemente el violín Stradivarius más valioso del mundo en términos tanto históricos como económicos.
Lo extraordinario del Messiah es que… ¡muy pocos privilegiados han podido escuchado en directo! Durante gran parte de su existencia, el violín permaneció sin tocar, guardado, preservado con una meticulosidad que roza la obsesión. Eso lo convierte en una anomalía fascinante: el instrumento musical más célebre del planeta es, al mismo tiempo, uno de los menos tocados.
La custodia
El Messiah reside desde 1939 en el Ashmolean Museum de Oxford, donde se conserva en condiciones ambientales controladas con una precisión que haría sonrojar a más de un laboratorio farmacéutico. Temperatura, humedad, exposición a la luz: cada variable está monitorizada. El barniz original (ese barniz del que tanto se ha escrito y tan poco se ha demostrado) permanece intacto en un porcentaje que ningún otro Stradivarius puede igualar.
El museo lo exhibe al público, protegido tras cristal, y organiza acceso académico para investigadores que desean estudiar su construcción. Pero tocarlo es una cuestión completamente distinta. Los responsables del Ashmolean han sido históricamente muy cautelosos con cualquier propuesta de interpretación. El argumento es de una lógica aplastante: cada vez que un arco roza una cuerda, se produce desgaste. Y el Messiah lleva tres siglos sin ese desgaste. Mantenerlo así es, en sí mismo, una forma de conservación que ninguna restauración podría replicar.
En 2019, el propio museo confirmó tras análisis dendrocronológicos que la madera data de la época atribuida a Stradivari, cerrando décadas de debate sobre su autenticidad.
El privilegio de tocarlo: una historia de excepciones
A lo largo del siglo XX, unos pocos músicos obtuvieron el privilegio (la palabra no es exagerada) de interpretar el Messiah en condiciones controladas. Joseph Joachim, uno de los violinistas más importantes del siglo XIX, lo tocó brevemente. Nathan Milstein lo hizo en alguna ocasión documentada. Pero estos momentos son excepciones contadas, no una práctica habitual.
El debate sobre si el Messiah debería tocarse con más regularidad lleva décadas enfrentando a dos escuelas de pensamiento. Por un lado, quienes argumentan que un instrumento musical solo existe plenamente cuando suena, que privarlo de su función es una forma sutil de destrucción diferida. Por otro, quienes sostienen que su valor como objeto histórico intacto supera cualquier consideración performativa. La tensión entre ambas posiciones es, en el fondo, la misma que atraviesa cualquier debate sobre patrimonio: ¿conservamos para ver o para usar?
Otros Stradivarius de valor comparable (como el Vieuxtemps, valorado en torno a los 16 millones de dólares, o el Lady Blunt) han tenido vidas más activas. El Lady Blunt, subastado en 2011 por más de 15 millones de euros, había pertenecido a Lady Anne Blunt, nieta de Lord Byron, y también presentaba un estado de conservación excepcional. Pero ninguno alcanza el estatus casi mitológico del Messiah.
Lo que el violín no puede contarnos
El secreto de Stradivari (la fórmula del barniz, la selección de la madera, la geometría exacta de la caja de resonancia) murió con él en 1737. Desde entonces, luthiers, físicos acústicos, químicos y músicos han intentado replicar ese sonido sin lograrlo del todo. Algunos estudios apuntan a la madera utilizada, procedente de árboles que crecieron durante el «Mínimo de Mäunder», un período de baja actividad solar entre los siglos XVII y XVIII que produjo una madera de densidad inusual. Otros señalan al barniz. Otros, simplemente, al genio.
En nuestro episodio Les luthiers exploramos precisamente ese linaje de artesanos que convirtieron el violín en lo que es: una identidad sonora que lleva siglos viajando de generación en generación, de sala de conciertos en sala de conciertos, sin perder ni un gramo de su capacidad para detener el tiempo. Porque eso es lo que hace un buen violín.







