Cuando juntas filología, mala uva elegante y polifonía, el resultado suele ser inevitablemente glorioso. La lengua española, cuando se defiende cantando, se vuelve invencible: desarma al dogmático porque lo obliga a escuchar… y a seguir el compás.
Hay algo profundamente justo en que presidenta haya encontrado refugio en un madrigal canalla como este que nos hemos atrevido a perpetrar. Es casi una venganza histórica: siglos de uso documentado, siglos de música culta, y de pronto todo eso riéndose —con educación— del argumento mal aprendido del “participio activo”. La filología convertida en oído absoluto.
Pero, ¿qué es eso del «participio activo»? Pues hay quien defiende que en el español tenemos el «participio pasivo» («perpetrado») y el participio activo («perpetrante»). Y hay quienes defendemos que esto no se sostiene.
Un participio es una forma verbal, como el gerundio y el infinitivo. Pensad en esto: comer (infinitivo) – comiendo (gerundio) – comido (participio «pasivo») – ¿comiente? ¡No existe esta forma en nuestro idioma! Y es aquí donde falla el argumento del supuesto «participio activo». Todos los verbos tienen infinitivo, gerundio y participio de pasado (que es así como se llama). Pero no todas las formas verbales tienen esa cosa que algunos se empeñan en llamar «participio activo».
Ese -nte, que también es -nta, es un prefijo que se ha adaptado y se adapta a muchas palabras de nuestros idiomas. Y, claro que sí, se ha adaptado bien a «presidenta». Retrocedamos en el tiempo y veamos algunos ejemplos:
Llegando, pues, al estrado, y hecha su cortesía a todos los que en pie las aguardaban, todas las desengañadoras se fueron con su presidenta Lisis al estrado; doña Estefanía, al asiento del Desengaño, y la hermosa doña Isabel, con los músicos. Y sentada en medio de ellos, tomó una harpa, y con su extremada voz cantó así […] (María Zayas y Sotomayor, Desengaños amorosos. Parte segunda del Sarao y Entretenimiento honesto. 1647-1649
El Papa Gregorio, segunt que he entendido, estando en Auiñón fue informado que vna monja traýa Paternostres aljofarados o con aljófar, & con diuersas deuisas, & se traýa muy seglarmente. E commo falló que era verdat, fizo vesitar el dicho monesterio a vn rreligioso de que él fiaua. E commo después de la vesitaçión él fallase & fuese informado que la dicha rreligiosa era muy vana & seglar, & enamoradiza de seglares & toda rrepugnante a su presidenta; e commo sopiese que el fecho encubierto & disimulado en fauor de la dicha monja, & la muger que la rregía se lo callase & lo encubriese, parando mientes en esto, el dicho santo padre a cada vno d’ellos dispuso de su grado por todos tienpos grant confusión, deziendo que grant parte de quantos rreligiosos se dañauan, se perdían por […]. (Anónimo. Traducción del Libro de las donas de Francesc Eiximenis. 1448)
La que habla pestes es bueycencia, señora presidenta de ministros. -¿Yo? -Sí… Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Benina sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera no vendría a pedir. Tómate esa. -Por bocona te has de condenar tú. (Benito Pérez Galdós, Misericordia, 1897).
Así que no, presidenta no es un invento como suelen defender los cazurros de turno que deliran con eso que llaman «progresismo woke», y se ven amenazados con todo lo que sea «sospechoso de feminismo». En el caso de la palabra «presidenta» no hay nada de eso: simple y llanamente es parte de nuestra lengua por mal que les pese a algunos y a algunas.
La lengua, al final, no se impone: resuena. Y cuando resuena así, con ingenio (en la literatura, por ejemplo) y memoria, ya ha ganado. Como la palabra PRESIDENTA.







