En la antigua Roma, las normas de uso de las termas romanas eran bien conocidas por la población. No se trataba solo de un lugar para el aseo, sino de un espacio social con reglas de comportamiento, higiene y convivencia. Inspirados por el programa de Totus Pódcast titulado El púgil de las termas, hoy exploramos esas costumbres que regían el mundo termal romano.
Las termas estaban abiertas a todos, pero eso no significaba que todo valiera. Los responsables de las instalaciones establecían horarios distintos para hombres y mujeres, aunque en algunas ciudades los turnos mixtos generaron críticas entre los moralistas. La entrada costaba una pequeña cantidad —el quadrans— y cada bañista debía cumplir ciertas pautas: dejar el calzado sucio fuera, usar sandalias específicas para el interior y comportarse de manera respetuosa. Para garantizar el orden, las termas contaban incluso con guardias.
Una de las anécdotas más curiosas tiene que ver con los capsarii, esclavos encargados de vigilar la ropa y los objetos personales. A pesar de su función, muchos robaban a los usuarios, según dejó escrito el poeta Marcial.
Las normas de higiene también eran estrictas. Antes de entrar en el caldarium o en el tepidarium, las personas se limpiaban en el apodyterium o vestuario, y usaban el strigilis para retirar el sudor y la suciedad. En el palaestra, practicaban ejercicio antes de iniciar el circuito termal.
Tampoco hay que irse muy lejos para imaginar cómo era una de estas termas romanas. Por ejemplo, se puede visitar las ruinas de una de ellas en Antequera.
Las termas no eran solo baños: eran centros de vida social, negocios y hasta conspiraciones políticas. Quien no iba a las termas, decía Séneca, es porque ocultaba algo o porque no sabía disfrutar de la vida romana.







